07/10/2022

Tomado de la página de Facebook de Tino Pérez

 

El poeta Rigoberto López Pérez, a diferencia de Zeledón y Sandino, fue un luchador solitario. Sin tropas que comandar ni combates que ganar o ideologías políticas que levantar, tomó la ruta más difícil y directa para contribuir con su propio sacrificio a manera de ofrenda, al destino de su país. Había nacido en León un 13 de mayo de 1929 en plena Segunda Intervención. Sus 27 años de vida transcurrieron casi por completo, bajo la sombra de ASG en el poder.

Movido por sus inclinaciones literarias, emigró a El Salvador en 1951. Al paso del tiempo conoció a varios exmilitares GN exiliados allí a raíz de los sucesos del 4 de abril de 1954. Uno de ellos fue Guillermo Marenco Lacayo quien había sido el cadete # 122 en la Academia Militar de Nicaragua y de quien recibió entrenamiento de tiro al blanco con revólver.

Agustín Torres Lazo, investigador nombrado del atentado contra ASG, escribió refiriéndose al poeta:

“Aunque en realidad algunos alentaron, promovieron e incluso ayudaron a Rigoberto López Pérez, es a éste a quien debe considerarse como el solo y gran conspirador en el atentado contra la vida del tirano.”

La única conspiración del 21 de septiembre de 1956 comenzó y terminó en el instante en que Rigoberto vació el revólver sobre su víctima. Y en ese acto de muerte cargado de balas y de furia, él estaba convencido de que entregaba su existencia a cambio de la libertad para su pueblo y la gloria para sí, que tanto ansió.

Fue una lástima que la dictadura sólo pasara de unas manos a otras, aunque sí fue bueno que el nombre de Rigoberto López Pérez de allí en más comenzara a convertirse en leyenda por todos los caminos de la patria.”

El propio Rigoberto había escogido su destino para luego escribirlo en uno de sus poemas…

Yo estoy sufriendo.

Yo tengo el dolor de mi patria

y en mis venas anda un héroe buscando

la libertad.

Las flores de mis días siempre estarán marchitas

si la sangre del tirano está en sus venas.

Yo estoy buscando el pez de la libertad

en la muerte del tirano.

 

Apenas tenía 27 años al momento de ofrendar su vida. Había cumplido su misión y alcanzado su destino.

Fue a la sombra de estos tres mártires, Zeledón, Sandino y López Pérez que el FSLN cobijó su propaganda de acción, manipulando continuamente sus legados históricos. Pero de nuevo, el tiempo los va poniendo en sus legítimos lugares, donde siempre se podrán estudiar sus defectos y virtudes, sus verdaderas intenciones y sus respectivos aportes al destino nacional.

Después de todo, no hubo en ellos ambiciones políticas desmedidas ni conceptos demagógicos insostenibles. No tenían sed de bienes expropiados ni intención de revanchismo genocida. Tampoco, promesas incumplidas. Los tres murieron por lo que predicaron y la distancia entre ellos y los otros es abismal. Si alguna vez hubo intención de emularlos, los resultados han mostrado todo lo contrario.

Por ahora, el poeta libanés Khalil Gibrán, nos advierte:

“Compadezcan a la nación que da la bienvenida a su nuevo gobernante con fanfarrias, y lo despide con gritos destemplados, para luego recibir con más fanfarrias a otro nuevo gobernante. Compadezcan a la nación cuyos sabios están aniquilados por los años, y cuyos hombres fuertes aún están en la cuna.”

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