07/10/2022

Escrito por Federico Moretti

Albardanica.com

 

Aquella mañana del 17 de julio en el histórico barrio indígena de Monimbó, cuna de la revolución nicaragüense, una madre despierta a su hijo mientras le grita “tírate al piso que ya pasaron San Miguel y están lanzando balas”; el bullicio de los perros de la cuadra, el grito de los chavalos y chavalas en las barricadas, el tufo a pólvora que envolvía los barrios de Masaya, agudizaban los sentidos de los civiles refugiados en sus casas, quienes con temor sabían que se aproximaba la caída del corazón de Nicaragua.

El bombardeo se sostuvo durante al menos dos horas, las redes sociales se convirtieron en un periódico ambulante, donde pudimos ver la cruda matanza que realizó la policía adepta al régimen del mandatario nicaragüense Daniel Ortega.

“Mataron a Marcelo”, “¡Corran hijueputas, ya se volaron el tranque!”, “¡Se nos va a mojar la pólvora si llueve!”, “¡Dios nos proteja a todos!”, se escuchaba en las calles.

En las casas se escuchaba el llanto de los infantes, ajenos a la situación que vivía el país, los señores con los ojos pegados a la televisión maldiciendo a Ortega, las señoras rezadoras con el Santo Rosario en la mano y el Cristo en la boca, y los jóvenes frustrados por la imposibilidad de ayudar a su nación.

El día que cayó Monimbó, la ciudad se tiñó de gris, y aunque no llovió, el cielo estaba triste.

En las noticias cuentan a los muertos, informan que algunos de los chavalos que estaban defendiendo Masaya huyeron por el lado de la laguna, mientras los policías y los paramilitares los seguían de cerca como perros siguiendo a su presa.

Los Masayas estuvimos un largo tiempo erróneamente indignados con los demás departamentos, porque cuando nos necesitaron, estuvimos, y cuando los necesitábamos, fuimos olvidados.

Un tuit de un ciudadano de Masaya lo resumen todo:

“Estoy triste y enturcado”.

Aunque no sonó, todos en nuestro pecho escuchamos la mítica y tradicional “Danza Negra”, una canción que representa el luto del pueblo. Ahora en las cárceles o en el exilio están justos y pecadores: aspirantes a la presidencia, defensores y activistas de «derechos humanos», periodistas y hasta líderes religiosos, a quienes se les prohibió presidir misa.

El día que cayó Monimbó, cayó uno de los últimos puntos históricos de revolución, haciéndonos a muchos perder la esperanza. Sufrió una Nicaragua traicionada, un pueblo traicionado, y murió el último zanate en el cielo.

El recuerdo de ese pasado rojinegro yacía vivo en las calles; rojo de la sangre del pueblo y negro de su muerte, de las quemaduras en los cadáveres.

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